
FOTOGRAFIA: OCTAVIO ROMERO
En distintas comunidades de la sierra tarahumara, como en el municipio de Urique, familias enteras —principalmente rarámuris— han tenido que abandonar sus hogares y tierras debido al control ejercido por grupos del crimen organizado. El despojo de parcelas, la amenaza constante y la presencia de personas armadas han convertido a estas regiones en territorios donde la vida cotidiana se desarrolla bajo el miedo.
Los pobladores aseguran que la presión de los grupos criminales no se limita al cobro de cuotas o extorsiones, sino que avanza hacia la ocupación de tierras y el control de las actividades productivas, lo que deja a las familias sin opciones más que huir a ciudades como Cuauhtémoc, Guachochi o Chihuahua capital, en busca de refugio y mejores condiciones de seguridad.
El impacto más grave lo sufren los niños y niñas rarámuris, quienes crecen en medio de la violencia y llegan a normalizar la presencia de hombres armados en su entorno. En muchas comunidades, la visión de vehículos artillados o la escucha de disparos es parte de la vida cotidiana, lo que genera un riesgo de que las nuevas generaciones acepten la violencia como algo natural y no como una situación que debe ser erradicada.
Activistas y organizaciones de derechos humanos han advertido que este fenómeno de desplazamiento forzado amenaza con romper el tejido comunitario y cultural de los pueblos originarios de la sierra, además de poner en riesgo su derecho a la tierra, a la identidad y a la vida digna.
Si bien autoridades estatales y federales han desplegado operativos intermitentes, líderes comunitarios señalan que la presencia de seguridad es insuficiente y, en muchos casos, temporal. “Se van los soldados y regresan los hombres armados”, expresan los habitantes, quienes piden mayor protección y un enfoque integral que incluya atención humanitaria para las familias desplazadas.
El desplazamiento de comunidades indígenas en la Tarahumara es un fenómeno que se ha visibilizado en los últimos años, pero que persiste y se agrava, dejando historias de desarraigo, dolor y resistencia en uno de los territorios más emblemáticos del norte del país.

